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Una de las lecciones que las climáticas globales como la reciente COP 21 en París nos dejan es que resultan escenarios de brillantes exposiciones, de inmejorables disquisiciones y de irrefutables discursos sobre el cambio climático.

Tanto es así, que el momento culmen, casi de éxtasis, es cuando llega el momento esperado ansiosamente por suscribir los acuerdos y ratificar las grandilocuentes palabras expresadas por los asistentes. Por cierto, son los protocolos de los actuales sistemas de gobernabilidad que existen en nuestro actual mundo, respaldado como corresponde por la ONU.

Pero ya empiezan a surgir voces desde diversas latitudes del planeta que reclaman la escasa operacionalidad, concreción y sentido práctico de aplicación específica de todos aquellos discursos, mensajes y acuerdos suscritos en la COP 21.

Hasta el que debiera ser el más sencillo y doméstico instrumento acordado para la mitigación y adaptación al cambio climático en los países vulnerables, como es el Fondo Verde del Clima, se ha convertido en una especie de intríngulis, un proceso kafkiano y, al parecer, un desafío destinado a ser resuelto solo por los superhéroes de nuestros comics.

Y, mientras tanto, la sequía, los desastres, la hambruna y las migraciones masivas debido al cambio climático, siguen disfrutando del mejor de los paraísos en desmedro de la calidad de vida de nuestra gente y la destrucción de nuestras economías y sociedades.

Entre la palabra y el gesto

Es cierto, el tipo de gobernabilidad ambiental y climática de nuestros actuales líderes políticos, de la clase política global y de la superestructura que decide las políticas públicas de nuestros países, como decimos en buen chileno, no da el ancho para los desafíos planetarios contemporáneos sobre el cambio climático.

Las circunstancias actuales exigen de modo urgente un nuevo tipo de gobernabilidad ambiental y climática. La emergencia y envergadura de nuestras tareas sobre el calentamiento global demanda una renovación de los liderazgos que en verdad sean coherentes entre el discurso y la acción, que sean leales a la palabra y el gesto.

Pero, encima de todo ello, en el ahora asistimos a una maraña de entrampamientos de los posibles liderazgos políticos de renovación en la Región y en nuestro país, donde sus protagonistas se hayan absortos en resolver casos de corrupción o de fracaso de proyectos o de debilitamiento de sus fuerzas, que difícilmente podría permitirles atender las urgentes agendas ambientales y climáticas que sus territorios, sus ciudadanos y la sobrevivencia del planeta, les demanda. Como suele decirse, están en otra.

La ciudadanía y municipios

No obstante, los vecinos, la ciudadanía y los gobiernos locales, están, también, en otra. Están por enfrentar de modo concreto, práctico y eficaz sus necesidades, demandas y problemas inmediatos frente a la sequía, los climas extremos, las inundaciones, los desastres climáticos, el derretimiento de los glaciares, las alteraciones de sus procesos productivos y las migraciones.

Quizá con poco discurso, quizá con poca palabrería y oratoria altisonante, pero la gente y sus municipios de las comunas vulnerables de Chile saben por experiencia propia y directa, que si no hacen algo para resolver ellos mismos sus dramas de falta de agua y de riesgo ante los desastres climáticos, simplemente mueren. Y esto, es lo que líderes de la clase política no internalizan, porque su condiciones materiales de vida son de otro tipo y les determina sus opciones personales y sus decisiones políticas.

Experiencias concretas

En nuestro país son numerosas las experiencias, innovaciones, creaciones, inventos y formas de gestión que la ciudadanía y sus municipalidades han generado para asumir con sus propias manos los desafíos del cambio climático en sus comunas y territorios.

Por ejemplo, basta con echar un vistazo a las 225 iniciativas de pueblos indígenas, juntas de vecinos, centros de padres, organizaciones comunitarias y diversas formas organizativas de la comunidad que este 2016 están desarrollando sus propias iniciativas en el marco del Fondo de Protección Ambiental (FPA) del Ministerio del Medio Ambiente, para comprobar que nuestra gente opta no por los discursos, sino por los hechos concretos, prácticos y útiles. Lo mismo podríamos verificar revisando las iniciativas apoyadas por la Subsecretaría de Desarrollo Regional y Administrativo (SUBDERE) o el Ministerio de Energía (Comuna Energética), entre otras.

Este idéntico proceso de gestión ciudadana lo podemos comprobar con las iniciativas apoyadas por las organizaciones no gubernamentales ambientales y climáticas como el Observatorio Latinoamericano de Conflictos Ambientales (OLCA), Chile Sustentable (Chile Sustentable), Greenpeace (Greenpeace), Fundación Terram (Terram), Fundación Instituto de Ecología Política (IEPE), entre otras.

Para muestra, un botón

No obstante, en esta oportunidad queremos destacar una experiencia desarrollada por un gobierno local, por la Municipalidad de La Ligua que, prescindiendo de grandilocuentes discursos, ha generado una iniciativa innovadora para enfrentar la sequía que afecta seriamente a su territorio y a la V Región.

Se trata de la reciente inauguración de una planta de agua desalanizadora del agua del mar para convertirla en agua potable para el consumo de los vecinos y los regantes de la comuna.

Esta planta funciona a través de una técnica denominada ósmosis inversa, dotada de membranas que detienen el paso de cualquier sólido, incluidas sales y minerales peligrosos para la salud, y a la vez evita que éstas pasen de nuevo al subsuelo. De esta manera, se soluciona completamente el problema de la calidad del agua. Esta tecnología cuenta con bombas para los tres pozos que opera y, además, dispone de dos filtros de arena y un catalizador especial que elimina el fierro y el manganeso.

Esta iniciativa municipal y ciudadana amerita ser replicada en las comunas de la V Región, consideradas vulnerables ante la sequía, e incluso en las 194 comunidades calificadas en emergencia hídrica debido al cambio climático.

Por cierto, esta tecnología no es nueva. También se está aplicando en otros países e incluso se explora su desarrollo en el norte de Chile. Pero lo realmente innovador es la voluntad política y técnica de la comunidad y el municipio de La Ligua, de enfrentar con sus propias iniciativas, con sus propias manos y recursos, un proyecto propio ante la sequía y el cambio climático que afecta a nuestro país.

Gobernabilidad ambiental

En esta experiencia ambiental y climática podemos distinguir dos componentes. Uno, el denotativo, que nos muestra una gestión climática comunal eficiente e independiente de los vaivenes, viscisitudes e incertidumbres a que nos somete la clase política respecto a decisiones sobre el cambio climático. Y otro, el connotativo, que nos insinúa y vislumbra el germen y la posibilidad de una nueva forma de gobernabilidad en el ámbito ambiental y climático, que nace, brota e irrumpe desde la experiencia práctica, concreta e innovadora de las comunidades y los municipios.

Convertir una experiencia de este tipo -al igual que pudieran hacerlo las 225 organizaciones del FPA, entre otras-, en un aprendizaje de gobernabilidad ambiental y climática, desde la gestión de la ciudadanía y las municipalidades, es uno de los desafíos que nos corresponde asumir a fin de poder construir nuevas formas de gestión ambiental a nivel territorial. Formas nuevas que pudieran denominarse Ecobarrios, Barrios Sustentables, Ecocomunas, Ciudades Sustentables u otras denominaciones.

Esta es, sin ninguna duda, la única manera que los acuerdos globales y los sonoros discursos de los gobernantes mundiales, adquieran sentido y sean convertidos en acción concreta y eficaz, ante la ineptitud de quienes se mantienen solo en la palabra y en la ilusoria promesa discursiva.

Editorial Boletín GAL, por Luis Alberto Gallegos

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